Son las siete. Observo la fortaleza roja, ya dorada por el sol, cuando me avisan. Llevo aquí ya un rato. Estoy acostumbrado a esperarte. Resuenan aún tus voces de cada tarde desde el callejón: ¡Baja, y nos tomamos unas Alhambras!
La primera ronda nos borra el sopor. Las siguientes, gloria bajo el emparrao de mi comadre, nos envalentonan para vacilar a las chavalas que, provocadoras, nos sonríen mientras se suben sus calcetines de colegiala.
Mientras llegas, tirao en la silla donde descanso de la faena, intento recordar nuestro primer encuentro justo al comienzo del Camino mientras te pienso atento al rumor del agua que te acompaña por el paseo de Los Tristes. Después, me acerco a los naranjos que plantamos con nocturnidad hartitos de tanto ciprés justo en el momento en que la fila de hormigas negras comienza a subir la cuesta.
¡Que conste que te va a tocar primero a ti!
Pero… ¿qué dices?, si soy mucho más joven que tú…
¡De eso nada, seré yo quien te entierre a ti, que, al fin y al cabo es mi oficio!
Son las ocho. El cortejo entra en la capilla y el cura, impaciente, comienza su sermón. Mientras, desde el último banco lucho entre su monotonía y el mareante olor del sándalo. Alguien tose. La paz esté con vosotros…
Es mi hora.
Ocupando los estrechos pasillos entre tumba y tumba, permanecen silenciosos algunos colegas y un par de chavales aburridos. Cuidadosamente aflojo el nudo delantero y el ataúd desciende unos centímetros. A continuación, suelto el de los pies intentando nivelarlo para que no choques con la pared. Repito la operación, hasta dejarte encajado en el fondo.
¡Que la tierra sea leve contigo!
No queda nadie cuando cierro la tapa, limpio de tierra el epitafio elegido entre queimadas y conxuros, retiro alguna amapola pisoteada, echo un último vistazo y cierro la reja. Todo queda en calma.
Sigo en el bar cuando comienza a amanecer. Me pregunto entonces qué amigo lo hará por mí. Mañana – me digo sonriendo – tendré que comenzar, ahora sólo, mi última etapa del camino…