Voy de camino. Aún no he llegado. Tengo esta maldita rodilla y la hipoteca, y me ha dejado la novia de mi mejor amigo, y me he confundido de autobús, y camino, camino, sí, pero aún no he llegado.
Lo sé porque aún no estoy en el lugar al que iba.
No tengo hambre. Cada día como menos. Me tientan las metáforas. Me recuerdo que lo importante no es el destino al que me dirijo, sino el trayecto que recorro. Que eso es la vida.
Ja. Me parto.
Camino sobre el tópico, ando pisando lugares comunes, voy pisando huevos. Una indignación teñida de melancolía me desconcierta hasta el punto de tener que parar. No sé si llevo una mochila. No sé si soy el personaje de esa cursilada de foto. No sé si merece la pena que me levante de este sillón y salga a conquistar a una chica que jamás me querrá. No sé nada.
Y así ando.
Nunca mejor dicho.
Y ese es el momento en que me suena el móvil con efecto retroactivo (la indignación teñida de melancolía ya la había sentido) y me dice con efecto retroactivo que soy retropasivo, que me voy a morir, que le dé un consejo a mi hijo. Y le digo.
Y le digo: sé bueno; vive mucho, en todas partes; sé hermoso, poderoso, compasivo; enamórate de una mujer que no se vaya a morir nunca, asegúrate de eso; ve muchos dibujos animados; procura que llueva algunos días cuando, abiertos los brazos, mires al cielo. Yo lo hice todo menos una cosa. Y ahora, ves, la mitad de mi vida es un camino a solas. La mitad de lo que estaba siendo nuestro libro, un epílogo.
Que recorro a solas, sentado en este sillón viejo, querido y roto.