
Mi padre siempre fue el mejor. Se inventaba juegos que nos hacían reír y que jugaba con nosotros los domingos en mitad de la plaza, mientras otros padres sentados en las terrazas se tomaban sus Cinzanos y sus patatas fritas y fumaban.
Nunca nos decía que nos comportáramos o que no enredásemos o que estábamos molestando con el balón; sino que era él quien más enredaba y molestaba, si hacía falta.
Mi madre le decía que dejara de hacer el payaso, aunque fuera por un momento. Pero se veía a la legua que ella se moría de risa y que también lo pasaba en grande.
Cuando ya estábamos acostados, les oíamos a veces hablar con voces serias. Eso era señal de que pronto volveríamos a mudarnos.
Puede que el carácter juguetón y aventurero de mi padre no se hallara en su cuerpo algo enjuto y le incitara a vivir a salto de mata, y nosotros con él.
Trabajaba en cualquier cosa que pudiera mantenernos durante unos meses: en el campo, en las obras, en la mina… hasta el siguiente destino, la siguiente plaza.
No parecía posible que fuera a arraigar en ningún lugar. Sólo se quedó quieto por causa de fuerza mayor: murió en un accidente, en uno de sus precarios trabajos.
Por fin echamos raíces. Las suyas fueron las de las malvas que crecieron sobre su tumba. Nosotros nos asentamos en Bilbao, la ciudad de donde ya no va a moverse.
Algunos domingos por la mañana me gusta visitar a mi padre y acompañar a su espíritu burlón. Mis críos se dejan en casa sus artilugios electrónicos y venimos sólo con un balón, a echar unas patadas, a inventar juegos y a reírnos.
A no comportarnos, a enredar; y hasta a molestar, si hace falta.