
«Los buenos porteros son de Bilbao, como los buenos toreros son de Sevilla». No podría decir las veces que escuché a mi padre decir aquella frase. Invariablemente continuaba con «De Bilbao era mi amigo Iñaki, que casi juega en el Atleti». Después se explayaba con alguna historia de los 80 o 90, cuando eran jóvenes y locos y recorrían el mundo de mochileros.
Mil veces habré preguntado a mi padre qué fue de Iñaki, por qué no jugó en el Atleti, por qué yo no le conozco, si era su amigo del alma… Y las mil veces le cambiaba la cara mientras respondía «Hijo, la vida…» encerrándose después en un silencio cerril.
Conozco la historia de cuando Iñaki se ligó a dos inglesas feísimas para tener donde dormir, la de cuando fueron a La India y por error mi padre casi se tiene que casar con una niña en Bombay. La del tren que perdían y al que Iñaki subió a mi padre a pulso….
Cuando yo era pequeño, creía que Iñaki era un súper héroe y que aparecería por casa cualquier día, parecido a Superman o vete a saber a qué otro súper de película.
Pero no. Lo más que conseguí fue ver alguna foto. Como la que le tomó mi padre en la Plaza de Salamanca, convenciendo a los transeúntes de que el fútbol era una nueva religión, con ritos inventados sobre la marcha…. Se colocó un balón sobre la cabeza y los niños le miraban alucinados….
Hace dos años murió papá. Y conocí a Iñaki. Lloraba. Era el hombre con quien se largó mi madre al año de nacer yo. Por eso yo no recuerdo a ninguno de los dos. Ella no vino. A él le eché de allí a puñetazos. El verdadero héroe era mi padre.