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Repentinamente, el tiempo enmudeció.  Frente a él, ensimismada y solitaria tras el cristal, ajena a los ojos que la miraban detenidamente, pasaba las hojas de una revista de moda.

En silencio, un torrente de sentimientos se agolpaban en el corazón de Juan…¿es posible?…¿será ella?…

Su corazón latía a un ritmo galopante, cada vez más intenso.  Por un momento temió caer desplomado al suelo.

Las rosas tatuadas en su brazo no mentían… sí, era ella…

Parecía ayer cuando, de la mano y jugueteando con sus dedos entrelazados, ella le replicaba: “¿unas rosas?, ni lo sueñes…de tatuarme, me haré un retrato…”

Habían pasado muchos años desde entonces y ahora, como una alucinación, podía verla, casi tocarla, tan cerca y a la vez tan lejana…

Sin duda, Elena.

Respiró profundamente, elevó su pecho y, con aire combativo, se dispuso a dar una zancada.

Una, tan sólo una, porque, cuando intentó una segunda…

Todo se desvaneció: incluso el cielo parecía haber desaparecido…SILENCIO…1, 2, 3…¡¡Despierta!!… SILENCIO…

Se había desplomado.  Su corazón callado.  Su corazón y su espíritu.  Siempre pensó que estaría preparado para verla.  Lo deseó cada día durante 15 años… Había ensayado cada palabra, cada gesto, cada mirada y caricia…

Elena… musa, amante, amiga, mujer…

Orgullo, miedo y cobardía le impidieron decirle que su vida no marchaba sin ella. Y entonces, ella sólo quería ser suya, quererle siempre, cuidarle, amarle hasta el último de sus días.

Silencio y, de pronto, un grito ensordecedor y todos volvieron su mirada hacia ella: Elena.  Los ojos llenos de lágrimas, un tierno e intenso abrazo dejaban que Juan se fuera con una sonrisa en su rostro.

Silencio…

Elena…

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