
Amelia pasaba una y otra vez las páginas de una revista, mientras esperaba a que su peluquera favorita acabara de peinar a la señora que iba delante de ella. Ese día solo iba a cortarse un poco las puntas de su larga melena. Aquella revista, con los últimos diseños de las mejores pasarelas del mundo, cayó en sus manos como llovía del cielo. En grandes titulares anunciaba un famoso desfile de moda. Pensó en llamar a su representante. Aún estaba a tiempo, faltaban todavía dos meses para que tuviera lugar. Estaba segura de que los diseñadores se la rifarían. Su imponente figura y su cara de muñeca, habían enamorado a los más exigentes modistos del país y fuera de él. Llevaba retirada de las pasarelas casi dos años y viendo aquellas fotos, añoró aquel mundillo que tan feliz la había hecho durante casi una década. Poco le importó los tatuajes que lucía en sus antebrazos, eso no sería un problema. Ella era una modelo muy cotizada y ningún diseñador se atrevería a rechazarla. Cuando llegó su turno, la peluquera la despertó de su ensoñación.
.—¡Señorita Andreu, venga conmigo! ¿Quiere que la ayude? —preguntó la dueña del Salón de Belleza.
.—¡No, gracias, es usted muy amable pero puedo yo sola! —respondió Amelia mientras dirigía su silla de ruedas tras la peluquera. Una vez más su imaginación y sus sueños llegaron más lejos que sus piernas. Desde que tuviera aquel aciago accidente de tráfico que la dejó condenada a moverse con aquella maldita silla, cada vez que veía una revista de modas o escuchaba en la televisión la noticia del algún desfile, sus recuerdos volaban hasta reencontrarse con la más afamada modelo de todos los siglos: Amelia Andreu, hoy, olvidada en el silencio de su invalidez.