
En la milla de oro londinense.
Allí me encontraba yo. Otra vez. Con extraña casualidad y, una vez más, sin saber por qué.
Una interesante fascinación y absurda atracción me empujaban de nuevo a transitar por la vasta e ingente avenida gris. Siempre antigua y siempre nueva pero repleta, eso sí, de sus sempiternas falsas apariencias.
Desde los compuestos escaparates, los estudiados dependientes, los vetustos edificios, los extravagantes compradores y los compulsivos transeúntes.
Todo y todos participando de ellas, cual perfecto -y, desde luego, estudiado- ´atrezzo´, de sus compactas falsas apariencias.
Hasta ella. Locamente mía. Ella y desvalida. Lejana y fría.
Comol perfecto maniquí, rememorando a Audrey Hepburn en el estelar ¨Breakfast at Tiffany´s¨ ´film´. Ojeando una revista de moda absurda o de actual estilada ´démodé ´. Vestía sombrero perlado, conjunto basto de lana rayado, cejas perfectamente perfiladas, y labios pintados.
Trataba de integrarse y ser fiel reflejo, sin éxito, de ese mundo que la rodeaba. O quizá simplemente trataba de ser su chirriante y asonante compás a contrapunto.
No podía, en cualquier caso, ocultar sus orígenes provincianos. Sus tatuajes, su tez triste y su pálida mirada delataban su pronto ocaso.
La miré. La observé. La absorbí. Me sumí en ella y en su mirar. Cual fiel sumiso o esclavo.
Hasta que, finalmente, absorto en mi pensar, proseguí.
Ella, no obstante, ya había desaparecido. O, tal vez, nunca la vi.
Quizá mi recuerdo o mi persona, vuelva o no, algún día, a encontrase con ella.
Por suerte o desgracia, jamás he sabido lo que se es capaz de percibir cuando uno acepta pasear entre el continuo e incesante devenir de ellas: las falsas apariencias. De continuo absortas y atrayentes, falsas y dispuestas, vigilantes y sigilosas musas y sirenas, devotas señoronas, ingenuas inspirantes o meretrices aspirantes.