
El juego de reflejos en fotografía siempre me había fascinado, esa superposición de luces me llevaba a pensar en la falsa apariencia de las cosas… y de nuevo resurgió aquel amargo recuerdo de antaño que cambió mi vida para siempre.
Una fiesta de celebración de fin de curso, alumnos y profesores, una casa frente al mar. Entrada ya la noche, salí a tomar el aire y me tumbé en la arena escuchando el devenir de las olas. Entonces llegó ella… tan blanca y virginal, con aquel vestido ligero, vaporoso, que la brisa suavemente movía. Se sentó a mi lado, con los ojos cerrados, quietos los dos ante el sonido del mar. De repente su mano empezó a deslizarse por mi cuerpo, de arriba abajo, yo quieto, su boca aproximándose a la mía y yo dejándome llevar… cuando, en una ráfaga de cordura, la aparté alterado, murmurando: “ Esto no puede ser…”.
Al día siguiente el Director me reclamó privadamente en su despacho. Fuera de sí, me dijo que no daba crédito, que era lo último que hubiera esperado de mí, intentar abusar de una alumna, una cándida e ingenua adolescente… Aberrante!.
Y así, de la manera más inesperada e injusta, fui suspendido del ejercicio de mi profesión de por vida.
Qué clase de demonio albergaría un alma tan aparentemente inocente para vengarse de esa forma tan despiadada? Malditas apariencias!