
Su ritual de aparcamiento duraba cuatro exactos minutos. Marcha atrás y encajaba su coche en el lugar habitual, aquel sobre el que parecía recaer algún tipo de reserva anticipada, pues siempre estaba libre a la misma hora. Poco después de iniciar la maniobra, Víctor abría la puerta de su coche, ponía sus pies en la acera y alzaba su mirada hacia el cristal del restaurante de enfrente, en el que, como cada tarde, esperaba Lina.
Un minuto para las seis y los nervios empezaban a apoderarse de las manos de la muchacha, que no dejaban de bailar en sus rodillas. A Lina le gustaba sentarse al lado de la ventana para disfrutar de aquellos instantes en los que los dos, uno en la calle, y la otra temblando en su silla, compartían la complicidad de sus miradas. Para ella, Víctor era un hombre apuesto, caballeroso, y tan dulce y delicado que cualquier mujer caería rendida a sus pies. Llevaba años intentando conocer a un hombre como el que cada tarde tomaba té a su lado. Pero ningún varón de los que hasta el momento habían pasado por su vida, había estado a la altura. O al menos eso era lo que ella pensaba, mientras lo veía a través del cristal en su afán por arreglarse el cabello. Lo amaba. Lo amaba tanto que cada gesto suyo era para ella una fiesta.
Las seis y Víctor cruzaba la puerta del local con rigurosa puntualidad. Alzaba la mano para saludar y al llegar a la altura de la chica, se abrazaban cariñosamente.
– ¿Cómo estás, preciosa? – preguntó el hombre.
– Muy bien. Aquí estoy como siempre, papá.