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Todas las mañanas pasaba por el escaparate para verla trabajar en su oficina. Cada día era diferente, cada día le sorprendía con un look; un turbante, unas gafas enormes, incluso pelucas de colores…

Su bello rostro le transmitía serenidad, alegría, juventud, incluso diversión. Lo único constante eran sus tatuajes. A menudo se preguntaba cómo, porque y donde se los habría hecho. ¿Un día de borrachera, de juerga? O ¿los había estudiado concienzudamente para escogerlos con un significado específico? ¿representaban un mantra, algo que no debía olvidar?

Él solo sabía que disfrutaba deliciosamente esos segundos donde la observaba, caminando delante del enorme ventanal disimulando con un azaroso caminar.

Hasta le había inspirado para modernizar su clásico look. Él también se haría tatuajes, quería verse moderno, fresco como ella.

Ese día estaba ojeando concentrada una revista que parecía ser de moda. Llevaba un sombrero que aparentemente no pegaba con su clásico atuendo, en cambio sorprendentemente en ella encajaba a la perfección.

Estaba más pálida que de costumbre, pero perfectamente maquillada y contrariamente a lo que solía hacer, pasó varias veces en diferentes momentos del día y se sorprendió al darse cuenta que llevaba al menos dos horas en la misma posición, leyendo concentrada aquella revista.

Al día siguiente volvió a pasar, como hacía todos los días y no la vio. Era la primera vez en tres meses que no la había divisado tras aquel enorme ventanal.

Preso de una emoción intensa y sin pensárselo dos veces, entró para preguntar por ella. Era de las pocas veces en su vida que se había atrevido hacer algo así. Espontaneo.

La describió de mil maneras, de memoria indicó a la sorprendida recepcionista sus diarios atuendos. La respuesta fue la misma, nadie de sus características había trabajado ni trabajaba en aquella oficina. Simplemente ella no existía.

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