
Nada más lejos de la realidad, y la prueba era que cuando accidentalmente lo vio a través de aquella ventana, sintió esa sensación tan desagradable que te invade el cuerpo cuando te dan una mala noticia. Se quedó paralizada, manteniendo el equilibrio con la yema de solo seis dedos y sudando frío, pensando que por fin tenía una explicación. Pero no tenía razón.
Se conocieron por internet. En una semana ella ya estaba montada en un avión rumbo a Francia para conocerse en persona, y en dos semanas estaban profundamente enamorados. Él estaba por regresar a Madrid de forma definitiva y, mientras tanto, mantuvieron todo tipo de contacto para demostrarse su amor de manera virtual por una larga temporada, Hasta que él repentinamente desapareció. Pasó mucho tiempo antes de Julia pudiera salir por la mañana sin la angustia y la sombra de la incertidumbre, el dolor de la duda y la cruda idea de que él había cambiado de opinión sin explicación. Pero no tenía razón.
Él, sin decir nada, adelantó su retorno definitivo para poder sorprenderla, y mientras paseaba por el pasillo del tren que lo llevaba de regreso se desplomó fulminantemente de manera inexplicable y murió.
Julia nunca supo la verdad. El único indicio que tenía después de tanto tiempo para explicarse la desaparición, era encontrar su inconfundible sombrero, aquel que se había olvidado en la casa de él en Francia, detrás de aquella ventana, en su ciudad y en la cabeza de otra mujer, imaginando lo peor. Pero no tenía razón.
Aquel sombrero abandonado en el asiento de un tren le vino de Perlas a otro pasajero, quien olvidó comprarle un regalo a su hermana, que lo hospedaría amablemente durante su visita en Madrid.