Como si de una canción se tratase, al compás del otoño la vida de John se estaba deshojando. Pese a saber que tarde o temprano pasaría, todavía estaba intentando encajar su día a día sin Linda. Siempre le había reprochado dedicar demasiado tiempo a ese maldito trabajo. Y todo ¿para qué? A fin de cuentas su jefe no había titubeado al decirle que tenía que prescindir de él, cómo si tantos años de esfuerzo y lealtad se hubiesen esfumado en una conversación de no más de diez minutos. En aquella mañana, en la que llevaba repartida una decena de curriculums, sintió que se habían agotado todos los cartuchos. Tras tantos días sin dormir, el pensamiento de que su vida carecía de sentido cobraba fuerza a un ritmo imparable. Decidió que lo haría, él siempre había sido valiente en sus decisiones. Pero antes de hacerlo, deseaba ser alguien, no ser invisible, así era como se estaba sintiendo últimamente. Necesitaba ir en contra de lo establecido, del deber, de la obligación, ya que por ello había perdido a la mujer de su vida. En un acto de rebeldía, compró un bote de spray y se puso a escribir su nombre por todas las paredes de la ciudad. Pensó que así sería visible, algo, alguien. Mientras pintaba, se iban esfumando las pocas fuerzas que le quedaban. Y así partió, dejando una huella que semanas más tarde borraron los servicios de limpieza.