Estaba tirado en el sofá haciendo zapping cuando interrumpieron la programación para hacer un comunicado especial. Seguí cambiando de canal como un energúmeno, pero seguía saliendo lo mismo. Di varias vueltas por los más de cien canales que copan el ancho de banda y, cansado, lancé el mando por ahí. No quedaba otra, vería lo único que echaban.
Un plano fijo mostraba una especie de lápida, como las que llevaba Charlton Heston en aquella peli que hacía de hippie cabreado. Y una voz de narrador, que me resultaba muy familiar, explicaba que unos científicos la habían encontrado bajo las ruinas de una antigua ciudad sagrada. Una movida muy tocha, vamos. Lo suficientemente tocha como para interrumpir mi tarde de zapping. En la piedra había algo escrito, y mi primo el narrador decía que se trataba de un mensaje muy importante que nadie había sido capaz de descifrar. Habían puesto, también, un número de teléfono para que llamase quien pudiese leerlo. El que lo hiciese, recibiría el reconocimiento y la gratitud de la comunidad científica en general, y de Iker Jiménez en particular.
Y ahí estaba yo, tumbado de lado, y pude leer el mensaje claramente. Me levanté y me acerqué para mirarlo de frente. Como resultado, ahora no lo entendía. Ladeé la cabeza y, solo entonces, volví a verlo. ¡Había descubierto cómo leerlo! Corrí al teléfono y marqué. Me tuvieron varias horas en espera. Era un 902 y como hilo musical habían elegido esa canción que dice: “Y nos dieron las 10 y las 11…”. Cuando me di cuenta de la verdadera movida, colgué. Eran las tres del día siguiente. Así que yo, como estarán haciendo todos, diré que no sé lo que pone. Porque esa piedra, que miente más que habla, dice: “Tonto el que lo lea”