Me froté los ojos con ímpetu mientras, para no incomodar a mi guía, intentaba aplacar lo que habría sido un sonoro bostezo, de seguro provocado por el sueño irregular que había arrastrado las últimas semanas. No era capaz de entender por qué, pero desde el momento en que vi aquella noticia en la televisión, no había podido pensar en otra cosa. Había perdido el apetito, nada me apetecía, lo único que ocupaba mi mente era esa piedra.
Semanas atrás, unos arqueólogos habían desenterrado en unas ruínas de la antigua Mesopotamia una roca con una extraña inscripción que nadie hasta la fecha había sido capaz de interpretar. Por algún motivo, la curiosidad se había apoderado de mí y leer la inscripción se había convertido de algún modo en mi obsesión, pero a ningún medio de comunicación se le había permitido fotografiar o filmar el misterioso bloque. Necesitaba verlo más que nada en el mundo.
Nadie entendió cómo de la noche a la mañana gasté gran parte de mis ahorros en comprar un billete a Bagdad, aún con la tensa situación actual, menos aún mi empeño en presentarme como voluntario en la excavación a pesar de nunca haber demostrado ningún interés por la arqueología, pero logré hacerlo. Sabía que era lo que debía hacer. Más que deber, lo necesitaba.
Y por fin estaba a punto de lograr mi objetivo. El jefe de la excavación intentaba explicarme la historia y cultura de la antigua Mesopotamia pero yo no podía hacer otra cosa que buscar con la mirada la famosa roca, cuando ésta se presentó delante de mí. Vi la inscripción y algo en mi interior se estremeció al recordarlo todo mientras leía para mis adentros su terrible significado:
El renacimiento ha funcionado. Recuérdalo todo.
Reúne a tu ejército. La guerra final llega ya.