Tuve la suerte de ser invitado a aquella excavación arqueológica con los miembros más prestigiosos de la comunidad científica. Un verdadero honor.
Tras una larga jornada, llegamos a un entorno idílico: una noche estrellada en un cómodo y moderno campamento.
Después del madrugón y un duro día de trabajo, ningún hallazgo a la vista. Pero, entrada la tarde, vi a mis colegas reunidos en torno a una extraña piedra que desprendía un brillo cegador. Tenía grabados unos signos en forma de código que nadie podía entender. Emocionados, se la pasaban unos a otros, y entre tanto revuelo, no pudo llegar a mis manos.
Ya en el silencio de la noche, movido por una curiosidad irrefrenable, busqué la famosa piedra, y sin ningún esfuerzo pude leer: “Quien me logre descifrar, una ingrata sorpresa se va a llevar”.
Sobresaltado por el descubrimiento, la piedra resbaló de mis manos cayendo con tal fuerza en mi dedo gordo del pie, que el aullido de dolor que de mí salió despertó a todo el campamento.
Un mes en el hospital y unas latosas muletas fueron la sorpresa con que, por entrometido, la maldita piedra me obsequió.