Hacía tiempo que el conocimiento no me provocaba tanta distancia con el resto de la humanidad.
Y gracias a ello, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.
Dicen que no hay nada que atraiga más a los pueblerinos como una buena historia. Tal vez porque el sonido de cristales rotos por una piedra en la casa del alcalde es excitante. O porque cuando depositas tu confianza en unos expertos y estos son incapaces de descifrar el mensaje grabado que dicha piedra posee, la gente decide que es la excusa perfecta para hacer suposiciones.
Pero en todas esas teorías, no tuvieron en cuenta a Tom. Ni siquiera yo.
La visita al museo para observar el hallazgo, me trasladó a mis 8 años. Aquellos arbustos que me protegían de aquellos matones, donde confesaba en susurros mis deseos. Y de cómo Tom fue testigo de uno de ellos. El más recurrente: Ser adulta.
Tras mi enfado inicial por ser espiada, aquel desconocido niño comentó que las relaciones profundas tenían un código que nadie más podía entender. Ese fue el principio.
La idea era tener un lenguaje para que me entendieran mejor los arbustos. Y era incapaz de ver la evidencia: Ese lenguaje era para niños. Solo para nosotros dos.
Pero nunca me quiso enseñar la frase “quiero ser adulta”. Cuando la pedía, respondía: “Mañana”.
Por eso, cuando me regaló en mi cumpleaños esa piedra, me enfadé, la tiré al suelo y dejé el parque, los arbustos. A Tom.
Pronto cerrará el museo. La noticia sigue retumbándome: “Grabado en piedra, de más de 1000 años”. En más de 20 años no llegué a averiguar mucho más: ni cómo ser niño, ni cómo ser adulto ni cómo volver a ver a Tom. Tal vez, algún día. Vuelvo a leer la piedra: “Mañana”.