Recordaréis que el viernes hubo un ciberataque global que encriptaba la información y pedía un rescate en bitcoins. Los menos despiertos o más soñadores de mis alumnos creyeron que había sido cosa mía para justificar la clase del jueves. En ella estuve explicando como Alejandro codificaba las órdenes para sus generales con una correa llamada escítala y unos bastones. En mi afán didáctico también les dije que Bernardo Atxaga en Memorias de una vaca mandaba señales al maquis con cuatro geranios. Incluso hicimos una rudimentaria máquina Enigma de la ESO: dos letras no, una sí.
Esto le estaba contando en nuestra primera cita, en el Pabellón Villanueva del Botánico el sábado por la tarde. Había una exposición de Ikebana. Apenas una flor en cada centro, economía de medios (y de dinero) y vacío, mucho vacío. Decíamos no tener el sustrato cultural para comprender. A través del aire entre las solitarias peonías nos mirábamos. Me regaló solo el lazo del ramo y me lo puse de cinturón. Nos mirábamos cuando un hombre con gabardina me dijo: ’ Venga el lunes a la carretera de La Coruña, km…’ Yo, novelera, pensé en el CNI.
Después de las clases fuimos mi cinturón y yo. Tenían una piedra redonda con letras grabadas colocada sobre una columna, como un chupachups gigante. Era mucho más fácil que desentrañar la factura de la luz. Vendé la bola con mi lazo, paralelos dextrógiros, calqué las letras, rodeé en espiral la columna con la cinta, y en sucesivas verticales pude leer:’Anno domini 1491, de Copérnico a Colón: La Tierra es redonda…’.
No dije nada. Me fastidiaba darles mi cinturón. Desde al sábado era el arnés que me sostenía a un metro del suelo entre peonías.
Hoy anudada a la cintura llevo la escítala con el encriptado de uno de los hitos de la Historia. Solo quiero quedar con él. Después ya veremos…