Tengo en mi mano la piedra. Ahora que estoy sola en la habitación la saco y releo una y otra vez el mensaje cifrado que contiene. Sé que soy la única que puede hacerlo y los demás también lo saben. Por eso me tienen encerrada en este cuarto. Pero lo que desconocen es que fui yo quien la robó y la tengo escondida. Todos piensan que han sido los servicios secretos de algún país del este. Y culpan a los científicos que la descubrieron de negligencia por no haberla custodiado lo suficiente.
Era el hallazgo científico más importante del siglo; “Otra Piedra Roseta” decían los titulares de los periódicos cuando la encontraron. Ahora estaba desaparecida y lo peor de todo era que nadie había conseguido descifrar aquellos extraños símbolos escritos sobre ella. Nadie menos yo, claro. Ellos se dieron cuenta y por eso me tienen encerrada en esta habitación. Son cuatro paredes blancas, vacías y sin ventanas. No me dejan hablar con nadie. Estoy totalmente aislada del exterior. Todos los días me pinchan algún tipo de suero de la verdad o algo así, pero yo he soportado todos los interrogatorios.
No pienso devolver la piedra hasta que vengan a buscarme y me lleven en su nave. Entonces seguramente la deje encima de mi cama para que la enfermera que me trae el desayuno la vea. Por cierto tengo que pedir un rotulador brillante de esos indelebles, el negro que utilicé la última vez no destaca en esta piedra tan oscura y además se está borrando el mensaje.