Recuerdo las hojas heladas tintineando al chocar unas contra otras, el viento ululando sobre la casa, la lumbre crepitando como un coro de ancianas quejosas.

Se acababa la suerte para nuestro pueblo, lo inundaría el nuevo pantano, que venía a parir prosperidad, y a nosotros, sin parecer importar mucho, se nos echaba del espacio conocido, condenándonos a casas iguales, cuadradas, de una sola planta, y encaladas, ahogando bajo el agua cualquier opción de seguir siendo.

Recuerdo a madre de espaldas, susurrando cantos de meiga, meciéndose al compás de su tono grave y ahora masculino, que tantas veces había oído. Podía entenderla desde que estaba en su vientre y escuchaba sus pensamientos, andaba maldiciendo a quienes nos arrancaban de nuestro rincón. Al terminar, enterró algo bajo las losas del suelo, y salimos de la casa y del pueblo para no regresar. Ella sin volverse a mirar. Ni una sola vez.

El agua del pantano jamás pudo beberse ni albergar vida alguna, terminó por abrazarse al olvido de todos, y secarse, sacando a la luz una nube de esqueletos de paredes y tejas.

En la tele de bar la veo por primera vez, en las noticias. Un hallazgo fortuito en aquella zona, decían, expertos hablando de un extraño descubrimiento. En mi mente imágenes de una vida casi anterior, lejanos días de escarcha. Puedo leer, tal como salían de su boca, cada palabra que madre grabó a fuego sobre esa piedra la última tarde. Resuena en mi cabeza el gélido cantar de ramas, las llamas temblando en un rojo balanceo, su boca negra y recta escupiendo destino, y el completo dolor de abandonar una vida. Hay que anegar tanto recuerdo, como anegado quedó el pueblo. Pago mi café y salgo, sin volverme a mirar. Ni una sola vez.

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