Me senté sobre la maleta a esperar en el arcén de la carretera. Había llegado hasta allí haciendo auto-stop. Tres días de duro camino desde Seattle quedaban atrás. Viajando en un camión cuyos asientos olían a perro mojado.
Quería llegar hasta Blaine y cruzar la frontera de Canadá hacia Vancouver. Con lo que no contaba era con estar parado en aquella carretera por la que no pasaba ni un alma durante horas y horas.
– ¿Hacia dónde te diriges? -dijo por fin una voz a mi espalda.
Me di la vuelta sobresaltado. Era maravilloso ver una cara amable como la de aquella chica que me sonreía.
– A Canadá.
– ¿Quieres que te lleve?
Mire alrededor, confundido. La joven tenía el pelo del color del trigo maduro y una sonrisa amable. Pero no tenía coche. Al notar mi desconcierto, añadió:
– Mi granja está a dos kilómetros. Tengo una camioneta.
– Gracias, muy amable.
– Puedes quedarte a cenar, si quieres.
Así fue como conocí al padre de la chica, que se llamaba Brenda, por cierto. Su padre era Rex. Un granjero que llevaba pantalones cortos y una camisa con un monograma que no pude identificar.
Durante la cena, Brenda se mostró muy efusiva conmigo. Aunque jamás imaginé que entraría en la habitación de noche, a hurtadillas.
– Tengo algo para ti -susurró. Y bajó su mano con un golpe seco.
Tres días más tarde mi maleta se exhibía en un mercadillo, cerca de la frontera con Canadá.
– ¿Cuánto cuesta? -preguntó una señora.
– Dieciocho dólares -contestó Rex.
– Esta manchada.
– Matamos un animal en la granja hace poco y se manchó.
– Si me la dejas en quince, me la llevo.
– Trato hecho.
Y con aquel apretón de manos se despidió de mis asesinos.
Nunca más se supo de mí. Aprendí muy tarde a no confiar en los extraños.