Cuando Acevedo Canoso, boliguayo hombre de recio pecho y dura entraña, allá en un galpón del sur, su faca desenfundó y se vino pá mí, arreél coraje, velél temor y plantéle cara al malhadado, milpadres cabrón. Los cuchillos silbaron, el aire tembló, los presentes de piedra sus duras vises tornaron ante la furia con que la perica palpó las achuras de aquél que me desafió. Muerto yace el hijo de la Roja, muerto por mi brío y fulgor. Mía puede ser La Rusa, su hembra viuda mujer.  Sólo me queda a priesa abrirme con calzón apretao y vagar clandestino hacia algún puerto salvador. Valija matrera llené con ayuda de mi vieja que en ella dos plegarias y un rosario metió. La ruta tomé y al camino me jalé. Desiertos atravesé y montañas crucé, parribar a este punto donde sobre mi maleta por fin descansé y quizás, quizás… Quizás pudiera contaros ésta milonga una y otra vez pá justificar porque estoy aquí, pero la realidad es que mi mujer me ha botao de casa, en esta maleta ruin llevo toda mi vida, la empresa de colectivos no acaba de colocar una marquesina con asiento y encima yo oyendo en mi Iphone la doncella y el unicornio, evoco la imagen de mi chavona y lloro. ¡Ché Pibe! Sos un boludo pringao.

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