Ahí estaba Ricard, “El estúpido” como lo llamaba su madre, a sus cincuenta y tantos años sentado en su cuarto de niño. En sus manos, la vieja lonchera de He-Man que guardaba una publicidad de viajes, arrancada de la revista ¡Hola! de alguna tía. Mirándola detenidamente, pensó: yo debí ser ese tío, ahí sentado esperando un aventón para vivir nuevas aventuras.
Ricard definitivamente es estúpido. Pero no por falta de inteligencia, por el contrario concluyó sus estudios de ingeniería en la Universidad de Cataluña, como prueba de ello.
Luego, se casó formando una familia, que al cabo de un tiempo se esfumó. Como también lo hicieron sus siguientes esposas, hijos, socios, dinero y el galgo de piernas atrofiadas. Quién cansado de hacer truquitos a cambio de salchichas, se escapó corriendo como nunca antes.
Todos rechazaban a Ricard, la razón: Ricard era como Sócrates. Argumentaba todas sus opiniones con una retórica insufrible. Colando dichos y diretes como un psicópata. Cada conversación terminaba abruptamente cuando, luego de horas de hablar a lo pavo; sus víctimas, cansadas le arrojaban con lo que había a mano.
Fue entonces cuando decidió valientemente, mirando aquel recorte, construir una máquina del tiempo e ir a conocer a Sócrates, su ídolo. En un mes: diseño planos, armo circuitos y petrificó dos gatos, hasta que lo logró. Ricard ya no sería el estúpido, si no el nuevo Platón. Se apresuró a colocar la latitud y longitud y, en varios pestañeos de luces, desapareció.
Despertó de noche en un lugar desconocido, en soledad. Grito y grito ¡Lo he conseguido! ¡Lo he logrado! Intrépido, se echó a correr en busca de griegos en toga. Tanto corrió que tropezó y rodó partiéndose la cara contra un muro. Entre sangre y estupor, la vio, era la catedral de Notre Dame en Francia medieval.