Los pies me arden sentado en esta marquesina de la Gran Vía.
Lunes de agosto. Tres de la tarde a 37 grados.
Quedan 10 minutos para no sé qué autobús, eso es lo de menos. Llega una señora. Por sus señas pide permiso para fumar. Muevo la cabeza y asiento. En serio, me da igual.
Miro el edificio de Primark. Sé que trabaja como dependienta. Sigo recordándola como en el último verano que pasamos juntos en el pueblo.
Quiero entrar, besarla, que reconozca su cara tatuada en mis brazos. Y abrir la maleta. ¡Allí, en medio del Primark! Que sepa que la heroína de mis bocetos es siempre ella. Que sepa que ayer, en el granero abandonado, volví a dibujarla. Escondida en el campo de trigo, bañándose en el río, merendando pan con chocolate…
Stop. Freno. No soy ningún neurótico. No puede pensar que soy un neurótico. Sólo soy un tipo que diseña videojuegos. Un tipo normal, con un sueldo normal y que vive en un piso interior, pero normal. Repito: lo normal.
Llega el autobús. Yo, a lo mío. La señora del cigarro se despide. Vuelvo a asentir. Me limpio el sudor de la frente.
Miro a la derecha. Lo tengo fácil, la boca de metro a Atocha está a tiro de piedra. Línea 1 y en 20 minutos estaré en casa. Así me voy a deshidratar. Pero sigo en la marquesina.
Me aprietan las zapatillas nuevas. Se habrán hinchado los pies. Quizá es eso, el calor.
Un momento. ¿En serio lo estoy pensando?
Imposible salir del bucle. Este lunes volveré a hacerlo. Me abrasaré en esta marquesina. Entraré en el Primark. Me dejaré enfriar por el aire acondicionado. Un lunes de agosto más…
O quizá esta vez suba la maldita escalera mecánica y abra, valiente, mi maleta.