Sí, soy un hombre gris, tan gris como la fotografía. Soy un padre ejemplar, un marido ejemplar, un empleado ejemplar, un hijo ejemplar. Sí, también soy aburrido, disciplinado, rígido, no digo una palabra más alta que la otra, soy educado, amable, atento. Cumplo con mis obligaciones, el deber lo primero, ¿la devoción?… no sé dónde está la devoción, ni la pasión, ni la alegría, ni la espontaneidad.
Quizá una vez tuve un sueño que casi no recuerdo… era muy niño, era antes de que muriera mi madre, antes de que mi padre se volviera más arisco aún, más frío, más exigente. Antes de que me dijera en qué consistía la vida y qué esperaba de mí. Sé que no lo puedo culpar, aunque tenga el miedo metido en los huesos, tan adentro que casi los puede quebrar.
Ahora soy adulto y sigo atrapado, atrapado en una vida que no me corresponde, una vida prefabricada, previsible, ordenada. Un camino recto hasta la muerte, seguro pero sombrío, helador.
Todavía no he cumplido los cuarenta y ¿qué?, me pregunto, ¿va a cambiar en algo los años por venir?, ¿voy a ser capaz de romper con todo?, ¿de abandonar mi vida, a mis hijos, mi trabajo, a mi mujer? Sé que no y sé que es lamentable. Sé que yo mismo me condeno, sé que soy cobarde y gris, sobre todo gris, menos cuando pinto en las paredes con sprays de colores y me sorprendo tanto como la mujer que pasa a mi lado.