Fue allí, después de vagar y vagar por carreteras secundarias como un zombie deprimido, cuando lo vi por fin del todo claro. ¡Es un libro de relatos de amor, so melón! Tenía que contratar pero ya a un modelo metrosexual, architatuado, of course, -también para el caso, comprendí, me valdría un paliducho adolescente bellísimo, de aires vagamente vampíricos, tipo actor principal de “Crepúsculo” y por ahí- , un guaperas de esos a los que a su paso, más aún, a su sola imagen, la de su soberbio torso tableteado, la de su rostro perfilado y vibrante, tantas y tantas mujeres –y tantos hombres- se licuan y en suspiros hoy se deshacen, y hacerle pasar por el verdadero autor de mi muy romántica obra, que tiene además humor y aventuras a raudales, sólo que a mí, ay de mí, calvorota, gordo, talludote ya, no me pega nada, la verdad, y así, absorbiendo las feromonas rampantes de tantas y tantos icono-admiradores que entre el gentío se alborotan, en la próxima Feria del Libro y también entre y tras las pantallitas, esa otra feria de las vanidades, podré dar yo honrosa salida al sagrado fruto de mis mejores desvelos, pues, es sabido que más pueden y mueven hoy un par de fuertes emociones e instintos básicos que cien frías razones y tenues simpatías, y fue allí, ante el sol que despuntaba, frente a sus rayos inaugurales, tan limpios y nuevos que aquilataban más aún la pureza de la amanecida, de púrpura y oro engalanada ante mí, como si de golpe se encendiera la mañana sólo para mis ojos, que lo vi muy claro y, como al otro, de entre mis teatrales labios, zombie redivivo, se me escapara: un guaperas, mi libro para un guaperas.

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