Amanece en la mañana y en el resentimiento como una Coca-Cola caliente, que todavía puedes beber pero no sabe bien, como un billete de metro de diez viajes del que se han gastado nueve, que puedes usar pero sientes que se acaba. Y así sin que nadie lo vea, sin súbitos enfados ni maltratos ni lloros ni gritos de odio, me has dejado. Como un sofá de cuero que cuidas con mimo al principio pero al desgastarse tiras a la basura sin el menor miramiento pensando en cambiarlo por otro estilo de vida. Otro más nuevo, mejor, más adecuado, uno que te llene más en el día a día, donde yo ya no esté y tú puedas hacer lo que quieras, siendo libre. Libre de mí.
Y me siento un despojo, una zapatilla con la suela rota que ya nadie quiere aunque antaño les gustara el diseño. Me dejaste tirado en mitad de ninguna parte, abandonado, y ni siquiera parpadeaste al hacerlo, como cuando veías noticias de deportes en la tele y te importaban una mierda y las mirabas sin ver. Así me mirabas tú a mí cuando me dejaste en la calle: sólo un incordio en tu vida, como se abandona una idea que ya no te convence. Y yo nunca lo habría hecho.
Yo nunca lo haría. Me quitaste hasta el collar con mi nombre y el pienso matinal al que estaba acostumbrado. Tirado en una estación de servicio de la A-6, donde el asfalto quemaba mis cuatro patas, me dejaste sin parpadear. Yo nunca lo habría hecho, no, y te hubiera acariciado detrás de las orejas hasta el infinito. Pero ahora tienes niños, y quieres irte de vacaciones, y soy una carga. Lo entiendo.
Y me muero de hambre. Me acerco despacio a este chaval con una maleta que hace autoestop. Quizá tenga algo de comer. Suena una canción en sus cascos que sólo él y mis orejas de Setter pueden oír.