Iba descalza, aunque no sentía sus pies. Sí notaba un ligero chapoteo al pisar, pero no podía pararse a mirarlo, no podía. El impulso era más grande que toda ella, tenía que seguir corriendo y corriendo, huir, aún sin saber a dónde dirigirse.

A medida que veía sus caras el miedo crecía, y su velocidad también. Los reconocía a todos: a mamá muerta, tratando de abrazarla, tan hinchada y amoratada como la sacaron del río, a papá, con la misma cara húmeda y roída por el alcohol con la que cada noche se metía en su pequeña cama, hasta que un hígado destrozado se lo llevó. Qué alivio sintió Alicia aquel otoño.

Esta noche la perseguía otra vez, y Alicia se sujetaba la falda y corría, no quería que la volviera a tocar nunca más… de todos ellos huía desde siempre, y aquello era tan agotador que no podía más. Fue bajando el ritmo, y a medida que lo hacía lloraba más fuerte. Se dejó caer sobre la hierba húmeda del parque, derrotada, exhausta, temblando.  Despertó más tarde; en la planta de sus pies una fea costra de sangre le hizo entender aquello del chapoteo. Cuando se drogaba no siempre volvía al pasado, pero las drogas son muy hijas de puta, esa noche volvieron sus viejos dolores, para tenerla bien agarrada y obligarla a recurrir a ellas una y otra vez, le pasaba tanto… Se preguntó cuándo acabaría aquello, y lo vio claro. Del bolsillo sacó todas las pastillas que le quedaban, se las tragó de un golpe sin dudarlo. No quería más viajes en el tiempo; Solo quería ir al olvido, hacia lo negro, y hoy iba a lograrlo…

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