Si no quiero volver a perder, necesito viajar atrás en el tiempo. Es imperativo. No me preguntes cuánto ni cuándo. Cinco milenios… cinco siglos… cinco años… ¡No! Es mucho más fácil, una nimiedad. Me basta con desplazarme cinco minutos, porque hace cinco milenios, o cinco siglos, o cinco años, no estabas tú.
Porque ya no existe el pasado antes de conocerte, ni el futuro sin ti. Ahora todo cobra sentido si gira a tu alrededor.
Desde hace cinco minutos la vida es en color con banda sonora de fondo; es el principio de los tiempos donde todo está aún por hacer; es un niño feliz con un pájaro posado en la mano; es creer en los reyes magos cuando llegan sin avisar.
No pido demasiado, tan solo viajar atrás cinco minutos, saltar los últimos trescientos segundos en dirección contraria para volver a encontrarte, rebobinar mi vida hasta llegar a lo que apenas acaba de ocurrir, revivir ese pequeño instante en el que descubro tus ojos grises derrotando mi voluntad.
Como un mendigo, suplicaré cinco vueltas de reloj hacia la izquierda para ovillar el tiempo en tu busca; para conocerte sabiendo que ya existes y así no descarrilar.
Solo preciso de los últimos cinco minutos para rehacer esta primera vez, para reinventar el momento en el que hemos coincidido, para evitar que nadie se cruce, para no convertirme en piedra al verte, para sentir cómo me atrapas sin saber que existo, y también cómo me pierdo enajenado y feliz.
Necesito regresar a la velocidad de la luz para disfrutar a cámara lenta, comprar un billete al Tiempo que me descuente sólo cinco minutos, porque hace cinco milenios, o cinco siglos, o cinco años, no estabas tú.