Erase una vez don Federico, el profesor de Historia más extravagante del pequeño Planeta XXI. Su clase era un magnífico laboratorio con miles de palancas del tiempo y el maestro un gran defensor de la experiencia. Tanto es así que para aprobar sus exámenes, los alumnos debían viajar a la época en cuestión.

Para aprender Renacimiento, los pupilos eran enviados al taller de Leonardo. De hecho, se convirtió en la época favorita de todos los estudiantes, que se disputaban la beca de verano de Siglo XVI en Italia.

Tan en serio se tomaba don Federico sus clases que una vez envió a un alumno a la Batalla de Verdún…¡vestido de soldado francés! El joven, Matrícula de Honor en la I Guerra Mundial, llegó entusiasmado y cargado con cachivaches que causaron admiración en la clase. Este experimento, sin embargo, le valió a don Federico la protesta de los padres al descubrirse la enorme plaga de piojos, unos bichos que nuestra civilización creía ya extinguidos.

Don Federico se sintió incomprendido y pronto empezó a convertirse en un ser malhumorado. Padres y profesor estaban tan ocupados en su diatriba, que los chicos aprovecharon el descuido y usaron las palancas del tiempo para divertirse a conciencia. A veces, incluso olía a tabaco y alcohol tras largas juegas en el París de los años 20.

Un lunes, don Federico desapareció y con él las llaves del tiempo. Grandes sumas de dinero corrieron en las apuestas. ¿Dónde estaría don Federico? 

Lo cierto es que cansado y cubierto de canas, el profesor se abandonó a una época que jamás había conocido. No tenía llaves para esta puerta, nunca podía predecir qué ocurriría después. Era extraña esa época. Le costó adaptarse, pero ahí puedo ver al profesor. Instalado en lugar llamado… Presente.

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