Querida Mar:
Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado, y me preguntó por ti. Mi mente se sumergió en un inmenso océano de pensamientos que, feroces, comenzaron a embestir con rabia esa pequeña caja de pandora que algunos llaman memoria. Nuestros veranos en la playa; tú y tu miedo al agua… Ironías de la vida, Mar. No recuerdo cuánto permanecí ausente. La incesante verborrea de tu madre – esa de la que tanto te quejabas – me sacó a superficie. Te ahorraré la larga batería de preguntas a la que me sometió, y de la que el resto de la fila fue testigo. Tu madre, Mar. Siempre tuvo complejo de Detective Colombo.
Seguí abstraída en los “ahora me enfado y no respiro”, en la adolescencia y su pavo, en aquellas risas de verano. Ojalá siempre fuera verano. ¿Te acuerdas de cuando quisiste descubrir Europa? ¿De cuándo me desperté, la segunda noche, y en aquel repugnante vagón deshabitado no te encontré? El tren estaba parado y entre rostros nerviosos danzabas, al otro lado del cristal, ahora un pie delante, ahora el otro, y este se queda atrás, haciendo equilibrismos en la vía. No te hablé en días.
Ahora vuelves a mí. Por eso te escribo, Mar. Para decirte que entre esas olas de recuerdos tuve tiempo para tomar una bocanada y sumergirme en las pupilas de tu madre. ¿Quieres saber lo que vi? El paso del tiempo. Buceé entre sus arrugas y me dejé acariciar por el balanceo de sus canas. Y cada una de ellas me susurraron lo mismo: lo mucho que te echan de menos. Como yo. Entonces comprendí el olvido. Porque, aun a sabiendas de que este correo me será devuelto y de que no me contestarás, es más bonito imaginarte en tierras lejanas. Porque para ambas la vida nos es más fácil si olvidamos que ya no estás.