Querido Juan:
Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado, supermercado según los parámetros bolivianos, en la puerta sigue aquel cartel: ‘Se faenea chancho a pedido’.
Quería contarte lo bien que la encontré, tal vez un poco más despegada de la realidad que cuando se vino de España y las dos o tres veces que la he visitado, como si la selva fuera fagocitando su brío. Le ayudaba una cholita y se marcharon en un tremendo carro. Le pregunté si seguías en Madrid.
Este encuentro improbable me ha decidido a escribirte.
Por ella no tengas cuidado, es una hacendada orgullosa y gringa en sus 3000 hectáreas de lejanísima estancia. Por mi, tampoco. Yo sigo, casi veinte años después, en lo mismo.
Los sures continúan llegando de Argentina como un remedo de nuestros inviernos mesetarios. La plaza se me antoja más parque, pero del verde mortecino de los perezosos que la habitan.
Aquellos peladitos que curamos, hace mucho que dejaron de peligrar y tienen sus propios hijos a punto de hacerlos abuelos.
Hace un mes vacuné en Santa Ana y entre la música de los violines chiquitanos y la inmensidad herida de la selva me estalló tu recuerdo.
Caty.
24 de junio de 2017. S. Ignacio de Velasco. Provincia de Santa Cruz. Bolivia
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