Querido Rubén:

Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado. Verás, yo estaba buscando membrillos, y ella estaba esperándome. La vi, tan real usando su vestido de flores amarillas. Recordé ese pecho tan abundante que supo contener, alguna vez, nuestras lágrimas. ¿La imaginas hoy en el supermercado? Yo si, sobretodo cuando antes podía oler su perfume acompañándome. Hoy espero que éste aprenda a cruzar el mar.

Me vio, tomó de mi mano con ternura, esa que tú también supiste tener. Y me llevó, me llevó por todo el supermercado como si fuera una niña otra vez. Bastó un único gesto de sus ojos grises para comprender que no era necesario explicarle por qué ya no hablamos.

Luego, se echó a correr como si no tuviéramos más los pies atados a la tierra. Supongo que es la suerte de los muertos, ese andar sin necesidad de caminar. Volamos, sobre las vías como un tren a toda velocidad, perseguidas por la monstruosa vegetación tupida, que buscaba a toda costa atrapar mis pies desnudos. Seguimos en la vía, atravesamos el viejo puente de su pueblo, el cual desapareció una vez cruzado, porque ha cumplido con el propósito de llevarme ahí.

– ¡Aquí encontrarás lo que buscas! – dijo y soltandome caí en un jardín de membrillos. Te recordé. Otra vez te recordé en tu auto rojo, recordé que no miraste nunca hacia atrás. Mientras yo no te sacaba los ojos de encima, con lágrimas silenciosas que se escapan como bandidos en la noche, mientras te ibas para siempre.

¿Notaste que te he llamado Rubén? No usare tu viejo nombre, ya no eres ese hombre.

He escrito estas líneas aún sin entender bien por qué…Papá. Sin saber si te las enviaré.

Supongo que a veces te echo de menos. Y que encontrarás divertido el sueño que tuve con la abuela.

Adiós.

Tu hija, Rocío.

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