Querida Julia:
Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado. Ella fingió no verme y yo no tuve arrestos para hacer otra cosa. Un señor alto y gordo nos sirvió de muralla. Como si eso hiciera falta…
Nunca imaginé a la Reina de Lousiana en un supermercado. No hay lugar más democrático que un supermercado, Julia. Decidir sobre una marca de café, comparar precios, empujar un carrito, esperar turno.
Sólo una vez la vi fuera de la Gran Casa, el altar donde yo creía que vivía el mismo Dios.
Es hora de que lo sepas, Julia. En las noches de verano, me gustaba oír el paso del tren. Soñaba que iba a la ciudad, lejos de aquí. De camino a casa me tumbaba junto a la vía.
Una noche la vi, iba como perdida. El tren se acercaba. Grité. ¡La vi llorar, Julia! Creí que iba a abrazarme, cuando sus ojos se llenaron de odio. Yo era lo único que ella no quería ver. Y yo no vi venir la bofetada.
Esa fue la única vez que me pegó. Ni siquiera cuando me hacía jugar a la Prueba de la Verdad. ¿Recuerdas la Prueba de la Verdad? Ella podía verlo todo, olerlo todo. Yo me quitaba mi viejos zapatos para subir a jugar a tu cuarto… Y ella lo sabía.
Ayer, mis manos agarraron con fuerza la barra del carro. Podría haberlo hecho. Pasar por delante del señor alto y gordo. ¡Zarandearla, obligarle a mirarme a la cara, a contestar a la Prueba de la Verdad! ¡Mancharla, escupirle, humillarla ante todos! ¡¡Dime quién soy!!
Pero me dio miedo… Me dio pena…
Abandoné mi carrito y eché a correr hacia el coche. Miré mi cara en el retrovisor. ¿Había algún rasgo parecido? Hice de nuevo La Prueba de la Verdad. Pero qué más da. Ya no la necesitaba.
Tuya,
Tu hermana