Querido,
ayer vi a tu madre en la cola del supermercado, triste y doblada; esperando su turno para pagar unos pocos tomates.
Ya no nos queda nada. No llueve nunca y jamás volverá a llover. Solo nos queda esperar que se nos acabe el dinero o se terminen los comestibles en el viejo supermercado. Entonces esperaremos con tranquilidad que nos llegue la muerte.
Algunos, los más vigorosos, no tendrán tanta paciencia. De la misma manera que tú cortaste con exquisita delicadeza los débiles vínculos que te unían a nosotros y desapareciste en aquel tren bala con destino a Pekín cuando las cosas empezaron a ir verdaderamente mal, ellos tampoco dirán “Adiós”. En el momento en que el hambre y la sed empiecen a ser insoportables, se levantarán sin mirarnos a la cara y correrán de frente hacia el mismo tren que ya no tiene estación en esta desdichada tierra
No quiero que leas esta última carta. Se que no te afectaría lo más mínimo después de unas delicadas lágrimas para guardar las debidas apariencias. Espero que sigas disfrutando allí de tu eterna juventud tal y como lo hacías aquí hasta que empezó a dejar de llover. Tampoco quiero que vuelvas a pensar en nosotros. A los que hemos dado la vida por ti nos alimenta el pensamiento que eres feliz en la nueva tierra prometida.
Queremos que disfrutes hasta el extremo de tu exquisita naturaleza. No mires atrás. No dejes que nuestra desdicha arruine ni el más minúsculo de tus momentos de gozo.
Solo deseamos que, ya que en nuestra desgraciada miseria no podemos serte de la más mínima utilidad, encuentres nuevos seres que ciegamente devotos a ti, te sean también útiles hasta el extremo. Tú eres el Rey.