Aquí el 11 de junio, Azul fue su nombre. Azul que ahora chorrea por mi rostro, en forma de gotas de Tintanlux, opacas y densas. El Escritor escribió como si fuera un relato de terror y en el último momento le dio un giro. El Escritor escribe muy bien. Los Lectores leen muy bien. Atraparon a un público (nosotros, él, ellos ) que escucha muy bien.

Hoy en esta sala (más propiamente corredor ancho) deambulan unos pavorreales todavía transparentes. Las uñas de sus dedos escamosos profanan el respaldo de las sillas.

Los escritores paladeamos el primer cuento. Lobos son las sombras de los investigadores que cruzan con sus maletas, ajenos.

En el segundo, entornamos los ojos tratando de vislumbrar una tabla salvadora en la galerna cantábrica.

Mientras por el cordón de la lámpara se escurren unas gotas azules. Una, sigilosa, cae dentro de un refresco y lo envenena, con dibujos de papel de aguas de encuadernación.

Irina Komarova ajada se refleja en el ventanal.

En el techo van cuajando gérmenes epitaxiales de estalactitas afiladas y supurantes azul Klein.

Los escritores escuchamos como el océano lo succiona, exhausto y sin voluntad, hacia sus abismos helados, antes del ahogamiento.

Ahora llega mi turno, el corazón se me desboca:’ Érase una vez, mi primera vez’ …

Me limpio la pintura que me cae sobre las pestañas, un parpadeo apenas, y cuando abro los ojos habéis desaparecido. Las patas de los pavorreales manchadas de tinta azul hollan los folios y los dejan ilegibles, y con las tablets las aves son peores que un virus.

Y no me quedáis nadie a quien deciros quien soy y que me escuchéis :‘Érase una vez, mi primera vez ante el terror de un folio en blanco’.

Pero anteayer cuando escribí esto yo era lógica y feliz y no barruntaba las dimensiones del TERROR, ahora mi cerebro reptiliano ha despertado con  vuestra desaparición y no estáis para contároslo.

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