¡Maldita tarde! Lo que daría yo por no estar en la biblioteca, escribiendo esta maldita “cover letter”. Si me costaba venderme cuando buscaba trabajo en España, ahora, en inglés, no sé ni por dónde empezar. Después de meses traduciendo el curriculum, me toca contarle al tío de Linkedin lo buena que soy, y ni siquiera sé si soy buena.
¡Qué calor! No dejo de sudar. El de enfrente podría disimular ¡joder, ya sé que llama la atención lo que sudo, pero podría dejar de mirarme! Odio el verano, y tener que esconderme de la gente para que no vean mi problema de sudoración; necesito el trabajo en Columbia Británica para no volver a vivir jamás a más de 20 grados.
¿Cómo coño traduzco “cumplir los requisitos”?
¡Qué calor! no me quedan fuerzas para buscar más palabras en el diccionario. Tengo pesadillas en inglés desde hace días; pero no puedo flojear: hoy me bajo otra película, casi ya no necesito subtítulos, casi ya entiendo la CNN, casi ya no necesito diccionario para leer el periódico. Cuando llegue a Columbia tengo que ser bilingüe, tengo que adaptarme, tienen que entenderme, tengo que encajar, I have to stay there, no aguanto Madrid, no aguanto el calor, I can’t bear this anymore, I have to be there, I have to…”
-Sí, estuve sentado enfrente de ella toda la tarde; sudaba mucho; de repente empezó a sudar por la cara una pasta viscosa de color azul; de un oído le empezó a salir la misma pasta de color blanco, y del otro oído de color rojo. No dejaba de sudar; el sudor viscoso y de colores chorreó hasta el suelo, y allí formó un dibujo que parecía la bandera británica, era muy raro. El médico luego dijo que no era sudor, era su cerebro derretido.