Él la miró recordando vivamente las intensas vacaciones que ambos habían vivido aquel verano de 1976. El intenso sol de la mañana bañaba sus cuerpos y calentaba sus almas, mientras la brisa del mar les traía olores que les invitaban a soñar con una vida y un mundo mejores.
Ella, acostada sobre aquel saliente de madera, se preguntaba si la vida podría ser aún mejor, si podría estar más agradecida a aquel hombre que había transformado su vida en una vorágine de sentimientos y emociones encontrados, apareciendo en ella hacía solamente un año y cambiándolo todo.
Siempre había sido una chica tímida y discreta, con una vida sencilla y monótona en la que los cambios bruscos no tenían cabida, pero, aquel día de Junio, él se cruzó en su camino, la derramó involuntariamente su café mañanero y le manchó sutilmente su vestido nuevo, automáticamente, se disculpó caballerosamente y se ofreció a invitarla a un café por la molestia ocasionada. Colocando la mano delicadamente en su cintura, ambos entraron en la cafetería de la esquina, comenzaron a charlar sobre sus inquietudes y pensamientos, al principio algo banales y, poco a poco, cada vez más profundos. Los dos sintieron una conexión casi inmediata, algo se despertó en lo más profundo de su ser y, en ese preciso instante, cuando los rayos de sol comenzaban a salir de entre las nubes, él le propuso verse de nuevo.
Dos días más tarde, quedaron para cenar. Ella apareció con el vestido más elegante que él había visto y que hacía resaltar aún más su singular belleza. Comenzaron la velada animadamente así que los minutos se volvieron horas. Finalmente, pidieron el café más largo de sus vidas, aquel que se convirtió en el primero de los muchos cafés que los acompañaron.