Lo que más le gustaba era despertarse temprano e ir a la playa para darse un baño. Lo hacía en invierno y en verano, con mucho cuidado para que su mujer no quisiera acompañarlo. Sobre todo en verano cuando la noche había sido demasiado calurosa y apenas conseguía conciliar el sueño.

 

Feliz por haberlo logrado caminaba arrastrado por el canto de las olas hacia el mar. Se creía el sol pero aquella sensación de grandeza se apagó cuando en la orilla del agua vio lo que parecía una diminuta casa con cuatro ruedas, una carreta sin tirador. Corrió hacia la caseta para deshacerse de lo que sospechaba no sería más que un viejo vagabundo o un feriante huido.

 

Se asomó desde una de las esquinas de la carreta para descubrir con sorpresa una joven muchacha tumbada sobre las aguas. En silencio observó con mayor detenimiento un cuerpo atrapado dentro de un bañador demasiado pequeño. Tan ajustado que podía notar, al estar ella boca arriba, aquellas partes de su cuerpo desconocidas para él.  Queriendo controlar una inminente erección dio un débil traspié en el agua. Se puso rígido, aguantó la respiración, permaneció sin asomarse durante minutos que parecieron horas. Movido por el continuo palpitar de su miembro se atrevió a mirar de nuevo. Ella había cambiado de postura parecía que quisiera ser mirada, así se lo confirmó cuando de repente soltó una pequeña risa y después un largo gemido. Él quiso acompañarla y lo hizo. Sus respiraciones aceleradas se confundieron con el romper de las olas contra la carreta. Ella terminó y dijo:

 

-No cabes en mi casa, no caben tus hijos y no cabe tu mujer. No cabe tu pasado. Apenas hay ya hueco para este recuerdo que acabaré regalando al mar.

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