Me gusta color naranja. Es el primer color del día. Es el primer color de la vida, pues puede verse incluso con los ojos cerrados, cuando la luz se filtra a través de nuestros párpados dormidos.
Quizá por eso, cuando mis tíos y primos llegaron al pueblo para pasar las vacaciones, mi retina quedó prendada de aquella inesperada muchacha pelirroja que les acompañaba. Pronto supe que se llamaba Diana, venía de Sídney, y era una estudiante de intercambio a la que mis parientes acogían durante el verano.
A la novedad cromática se sumó el atractivo porte de la chica y el reto de la comunicación. Mi rudimentario inglés ayudó a construir cierta afinidad y, entre gestos primero, y mutuos flirteos después, ella fue prefiriendo mi compañía a la del resto de la pandilla.
Una tarde, mientras nos bañábamos todos en el río, me las arreglé para apartarnos los dos del grupo, con la excusa de enseñarle el viejo castañar que crecía cauce arriba. Ya a solas, sentados sobre un tronco seco, una terrible curiosidad me impulsó a perder toda vergüenza y a lanzar una pregunta con extraña naturalidad:
— ¿De qué color es tu… tu…? — Dije señalando allí donde convergían sus piernas, pálidas constelaciones de incontables pecas.
— ¿Mi mapa de Tasmania? — susurró cálidamente en mi oído, mientras tomaba mi mano entre sus muslos.
Poco después nuestras antípodas se abrazaron, y el olor a flor de castaño inundó el bosque.
El verano terminó y Diana se fue, pero cierta flecha de mi anatomía siguió acudiendo a ella en mis recreaciones imaginarias hasta bien entrado el invierno.
Aún hoy, si cierro los ojos, soy capaz de contemplar aquella fascinante geografía. Naranja como el magma que da vida, y a veces contagia de euforia a las entrañas de la tierra que nos separa.