Anna Liuveska descubrió el mirador fortuitamente. Aquel frenético lunes, los diversos trabajos de esta emigrante ortodoxa no le dieron tregua, así que pasada la medianoche andaba aún corriendo bayeta en mano, afanándose en limpiar lo antes posible los despachos de una prestigiosa compañía que la había contratado tan solo hacía un mes, gracias a Dios pensaba Anna, pues, con la vuelta de su hija Svetlana y aquella cohorte de caprichos, no había tenido ni un sólo respiro económico.
Pasaba el trapo por un cuadro cuando se descolgó casi a la mitad, tras el respingo observó la extraña manivela que se ocultaba detrás, la giró sin pensarlo y un pequeño hueco se abrió en el muro, desde allí observó una sala bañada en terciopelo rojo, y unos hombres de caras viciosas y babeantes, mirando fijamente a la preciosa mujer que se contoneaba desnuda delante de ellos. La reconoció al instante, otra vez buscando dinero fácil. Uno se levantó y la obligó a arrodillarse delante de él, sujetándole firmemente la cabeza mientras se bajaba los pantalones y enterraba aquella cabellera rubia en su entrepierna. Anna no pudo seguir mirando. Se santiguó y salió sin recoger nada, maldiciendo su insana curiosidad.
El cadáver de Svetlana apareció amoratado y rígido, ya no se apreciaba lo bella que había sido. Cuando la policía quiso saber por qué había hecho aquello a su propia hija Anna abrió su acartonada biblia, y comenzó a recitar aquel pasaje “Si alguno tuviere un hijo contumaz y rebelde, que no obedeciere a su padre ni a su madre, entonces lo tomará y lo sacará ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva y todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá, y temerá.”