Se escuchaban sus sollozos, desgarradores, como los que siguen a las noticias inesperadas… Él podía oírla, pero sin embargo ya no podía verla… Trataba de moverse, pero su cuerpo no le respondía. Tampoco encontraba ningún plan en su cabeza, ningún pensamiento… Tan solo una niebla espesa…
Podía escuchar sus palabras, sus susurros llenos de palabras de amor, sus súplicas, sus promesas de no olvidarle nunca, sus gritos de que no podría seguir si él la dejaba… Su voz se rompía cuando decía su nombre, y otra vez los sollozos dibujaban un dolor en grado superlativo… Gritaba su nombre suplicando que él pudiera liberarla de aquel dolor…
Ella le buscaba por la habitación, a ciegas… Tanteaba sobre el suelo, buscando su mano… una señal de que seguía allí con ella, de que aún podían salir de allí de la mano, y juntos…
Y él quería hacerlo, quería llegar a ella, liberarla de aquel dolor, fusionar sus cuerpos, reencontrarse con la paz que vivieron juntos.
Pero, ya no podía volver a mirarla a los ojos. Esos ojos que un día le abrieron las puertas del cielo y junto a los que viajó a mil sitios: a la plena felicidad, a la decepción, a la aventura, a la ilusión, a la estabilidad, a la amargura, a la locura…
La escuchaba llorar, aterrorizada… Su voz se distribuía por aquella habitación fría, desconocida… Y de nuevo sus gritos impregnaban el aire de angustia…
De pronto pudo ver su silueta, tendida en el suelo, buscándole, enviándole todo aquel amor, que ahora dudaba haber merecido nunca… y ante él, en dirección opuesta una luz, un camino, una puerta, una nueva mirada, una sonrisa, quizá una nueva oportunidad después de tanta lucha…