Hay cosas que damos por sentadas, reglas que consideramos ciertas. Y cuando recordamos que no es así, tenemos una revelación. En mi caso, esta revelación tuvo lugar en un momento en el que estaba convencida de que iba a morir. Y, no solo salí con vida, sino que sucedió algo más inesperado todavía.
Era tiempo de guerra. Estaba en lo alto del campanario de una iglesia. Los francotiradores llamamos a estos lugares “nidos de águila”. Desde allí tenía una visión de 360º del pueblo que mi unidad tenía el deber de defender. Y desde allí les vi morir a todos. Al quedarme sola, una valentía que no sabía que tenía apareció. Acepté que moriría allí, pero antes me llevaría conmigo a todos los enemigos que pudiese. Acabé con más de una docena de soldados antes de que trajeran la artillería pesada. Cuando vi aparecer el tanque bajé las escaleras todo lo rápido que pude. Me adentré en las calles del pueblo. Entonces, salido de la nada, algo se abalanzó contra mí. Disparé instintivamente. Se trataba de un niña de unos doce años. El tiempo se detuvo. Mientras el cuerpecito caía con extrema lentitud, creí ver a alguien detrás de mí. Me giré. Descubrí unos ojos aterrados y un rifle de francotirador. Disparé. Escuché el disparo y el ruido de un cristal rompiéndose. Vi cómo mi rostro reflejado en un escaparate se hacía añicos. Y entonces, sucedió.
Había muerto. Y, estando muerta, recordé algo que había olvidado siendo muy pequeña. Recordé que las reglas del juego, esas que dicen que por un lado estás tú y que, por otro, estoy yo, eran inventadas, y cada uno de nosotros las había aceptado ciegamente. Y, al recordarlo, recuperé la inocencia perdida tanto tiempo atrás, volviendo a ser la niña que olvidó que jugaba.