Me refugié en un cálido rincón del restaurante. Era un día pesado y las nubes cubrían el cielo. No se veía a nadie paseando.
Intentaba leer un libro mientras esperaba mi chocolate caliente. Y aunque había conseguido escapar de la soledad de la calle en aquel rincón, no podía dejar de mirar por la ventana, hipnotizado por la tremenda sensación de vacío que venía de fuera. Me fijaba en los árboles que parecían muertos y desnudos, sin hojas en el otoño, en la frialdad del pavimento de baldosas y cemento.
Completamente ajeno a las pocas palabras que conseguía leer y a los bulliciosos sonidos de conversaciones amenas que me rodeaban, me imbuía más y más en la abrumadora sensación de muerte que penetraba por la ventana.
Lentamente, desde un punto lejano en el horizonte donde todavía brillaba el sol, empezó a perfilarse la harapienta figura de una niña envuelta en unos trapos grises que cubrían toda su silueta. Intenté vislumbrar su cara pero parecía querer evitar la luz que salía del restaurante. De repente, como impulsada por una ráfaga de viento que brotó de un callejón, se salió de su camino y fue directa hacía mi ventana.
A medida que se fue acercando noté que las alegres conversaciones que me rodeaban empezaron a apagarse. Se paró justo enfrente de mi y cuando empezó a levantar la cara, un hombre con barba, levita y ojos negros como el carbón sacó una pistola y le voló la cabeza de un disparo. Los trapos harapientos cayeron al suelo, el bullicio volvió a reinar y yo volví a mi chocolate caliente.
Un hombre de ojos blancos sin pupila me susurró al oído: “Franco ha muerto”.