Cada niño es un artista.
El problema es cómo seguir siendo artista una vez que crezca.
(Picasso)
En un pueblo cercano al mío los niños tienen una gran creatividad. Si alguno llega al final del día sin demostrarla, muere.
En la plaza, hay un punto que todos conocen donde quedan y desde el cual, cuando hay luna llena, buscan objetos inservibles que transforman en obras de arte.
En el parque, al terminar la zona protegida con vallas hay un camino que entra en la plaza y en la noche.
En la esquina de más allá, retumba un golpe. Un niño está botando una pelota en la removida tierra. De pronto, ve en el suelo, relumbrando en el espléndido marco del oscuro anochecer, la imagen de una mujer plasmada en papel. Al intentar cogerla golpea un árbol que se deshoja, cubre el cristal y la imagen con miles de hojas secas.
El niño, a quien le empieza a preocupar no terminar el día sin demostrar creatividad, examina los objetos encontrados. Introduce la imagen de la mujer en el portarretratos. La luz de la última farola ilumina la huella de unos labios rojos impresa sobre el delgado cristal.
En la penumbra, una sombra se levanta en el suelo como si de una flor se tratara. Por primera vez el niño, que de cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, le da la espalda mientras se aleja en la noche.
El niño acaricia la pelota arrellanada en la húmeda hierba, la golpea con torpeza contra la figura de la mujer desconocida que se resquebraja en círculos concéntricos tomando parecido a una de las copias de Picasso que cuelgan de la pared de su casa.