Doña Mari Cruz siempre supo reconocer un enemigo cuando lo veía. Y aquel joven lo era. Sin embargo, en su imaginación o su experiencia, y nunca había sido fácil distinguir una de la otra, los enemigos tenían las uñas sucias o comidas, el pelo largo y sucio, la ropa vieja y barata.
¿Qué hacía aquel joven de tan correcta apariencia, tan pulcramente peinado pintando en la esquina del viejo cine?
¿Eso no será…?, preguntó doña Mari Cruz.
El joven se irguió, se giró hacia ella y le dedicó una sonrisa que parecía de soslayo, como si no estuviera pensando en ella. Después, se volvió y continuó dibujando.
¡Sí que lo es!, decidió, escandalizada.
Tranquilícese, dijo el joven.
¿Que me tranquilice? ¡Es el hijo de dios del que te burlas!
¿Por qué tiene que ser el hijo de dios?, preguntó el chico, agitando el bote de spray.
A mí no me engañas… dijo Mari Cruz, señalando los rasgos, la barba… Y, finalmente, la otra figura, también masculina, que con ojos cerrados aguardaba el beso.
¡No te puedes burlar de algo tan serio! ¡No tienes derecho!
El joven se giró y empezó a dibujar algo sobre la cabeza de la figura de barba.
¿Qué es eso?
Pero el chico no dijo nada hasta haber terminado.
¿Mejor?
Mari Cruz sopesó el dibujo, en el que aparecían dos figuras masculinas, besándose. Sobre la cabeza de uno había ahora un turbante.
Mucho mejor, respondió Mari Cruz, antes de continuar su camino.