Los vecinos de la rue de Lyon se movían bajo el cielo encapotado de París. Era una mañana de invierno frío en blanco y negro como cualquier otra. Sin embargo, había algo distinto, más que distinto.
Monsieur Lacroix liaba un cigarrillo con gusto. No recordaba desde hacía mucho ese placer kinestésico acariciando el fino papel seda. Su paso se hizo firme y decidido. Viviría los días que le quedaran en compañía del cáncer como a él le diera la real gana. La pequeña Michelle Lombard no caminaba, si no que, saltaba de alegría por ir al colegio. La noche pasada soñó que le gustaban las matemáticas. Como era la primera asignatura de la mañana solía ir llorando desesperada. Llanto que despertaba a la vecina del ático con la precisión de un reloj suizo. Esa mañana durmió hasta pasadas las 11, lo necesitaba. También Madame Lombard parecía cambiada. Alzó su mirada de los adoquines. Algo captó su atención. Hacía tiempo que no se interesaba por a penas casi nada, por no decir nada.
<< ¿Es Pierre?, se preguntó >>
Sí, era Pierre, el tímido oficinista que había estudiado económicas cumpliendo las expectativas familiares y no podía reprimir por más tiempo su talento creativo. Ya no era suficiente esculpirse el tupé ni jugar con los colores de sus corbatas. Se sentía el mismísimo Banksy con una diferencia, a él todos le conocían y estaba pintando un grafitti a plena luz de panza de nube en la rue de Lyon. Era una mañana distinta, una mañana en la que respirar libre expresión.