No es una queja sino un manifiesto: soy un incomprendido. Siempre lo he sido y así será hasta que mis huesos se blanqueen bajo tierra.
Rue Vavin
Montparnasse
Febrero de 1973
08:45 AM
2ºC
Me encamino hacia el Museo Zadkine, donde me pagan un salario más que decente por la elaboración de informes sobre subastas de arte en toda Europa y los EEUU. Un buen trabajo que no me interesa para nada.
Ustedes supondrán que en mi maletín llevaré documentación, revistas de arte, catálogos, en fin, ese tipo de cosas. Pues se equivocan.
También supondrán que llevo las manos enguantadas debido al frío reinante. Continúan en el error.
Imaginarán que en un arrebato pasional estoy haciendo una declaración de amor a la mujer de mi vida… o bien que soy un nostálgico de aquel mayo en que, bajo el asfalto de los bulevares de la orilla izquierda, florecían las azucenas prohibiendo prohibir…
No y no. Yo no ensucio las paredes. Yo las limpio. Mejor aún: las purifico.
Los guantes sirven para evitar los gérmenes que me rodean; y mi verdadera ocupación, la actividad donde vuelco todas mis energías, el motor que me pone en marcha no es otro que la exterminación de todo tipo de artrópodos, especialmente las CUCARACHAS. No puedo con ellas: es algo superior a mis fuerzas.
Lo único que contiene mi maletín, aparte de un sandwich de pavo, es un par de aerosoles de un potente y bestial insecticida de amplio espectro.