Todo comenzó con la llegada de aquella extraña familia al barrio.“Los Felices”. No era su nombre auténtico pero acabamos llamándoles así pues, pasara lo que pasara, tenían siempre un motivo para exhibir una sonrisa.
Hasta que llegaron en las calles se hablaba de lo de siempre: subidas de impuestos, falta de servicios. Cosas normales, pero comenzaron a cambiarlo todo.
Si había cortes de luz, decían “¡qué maravilla, usaremos velas!” Si una tubería se rompía comentaban: “¡Uy, qué limpia va a quedar la calle!” Todo era motivo de regocijo y celebración.
Hasta entonces yo era considerado un ejecutivo de éxito. Tenía el coche más envidiado del barrio, el maletín más caro, el mejor traje. Sin embargo, nada de eso parecía impresionar a “Los felices”. Juan Feliz y Olalla Feliz, el matrimonio, ni siquiera se impresionaron cuando entré en su frutería. Apenas intercambiaron una mirada entre ellos, cargada de amor y complicidad, y no me obsequiaron con una sola exclamación de asombro al ver mi rolex. La compra la suele hacer mi criada pero quería conocerlos personalmente.
Al no lograr su admiración, pensé: voy a boicotear su tienda. Y pinté con spray la palabra: “FUERA” en la puerta. Más al día siguiente, sorprendido, vi una docena de vecinos esperando a que abrieran.
– ¿Qué ocurre?
– ¿No lo ha leído?
Se apartaron para dejarme ver mi pintada retocada: “Hace frío FUERA y dentro hay café gratis”
Lo peor de todo es haber contribuido a su éxito.